Los suicidios en Argentina registraron un fuerte crecimiento durante la última década. Entre 2016 y 2025, 38.283 personas murieron por esta causa, lo que representa un incremento del 79,8% en la cantidad de casos registrados en ese período.
De acuerdo con los datos difundidos, solo en 2025 se produjeron 5.209 suicidios, con una tasa de 11,8 muertes cada 100.000 habitantes. La cifra ubica al suicidio por encima de los homicidios, que fueron aproximadamente un tercio de esa cantidad.
Las estadísticas reflejan además una situación especialmente preocupante entre niños, niñas y adolescentes. En promedio, una persona de entre 10 y 19 años muere por suicidio cada día en el país. A su vez, los especialistas estiman que por cada muerte existen entre 10 y 20 intentos, lo que da cuenta de una problemática mucho más amplia que la reflejada en los registros de mortalidad.
Entre los factores que distintos especialistas señalan como asociados al aumento de los casos aparecen la soledad, el deterioro de las condiciones socioeconómicas, las apuestas online, la sextorsión, la violencia en entornos digitales y las dificultades para acceder a tratamientos oportunos de salud mental. Se trata de un fenómeno complejo y multicausal, que requiere estrategias integrales de prevención, acompañamiento y atención.
En ese contexto, organizaciones y profesionales del sector vienen advirtiendo sobre las dificultades que atraviesa el sistema de salud mental. Señalan que el presupuesto destinado al área continúa siendo insuficiente y sostienen que, para 2026, representa el 1,42% del gasto total en salud, muy por debajo del 10% previsto por la Ley Nacional de Salud Mental. A ello suman la escasez de turnos en el sistema público, la sobrecarga laboral de los equipos de salud y las condiciones salariales de los profesionales, factores que, según denuncian, limitan el acceso a la atención y el seguimiento de quienes atraviesan situaciones de sufrimiento psíquico.
Frente a este escenario, especialistas y organizaciones insisten en la necesidad de fortalecer las políticas públicas de prevención del suicidio, ampliar el acceso a la atención en salud mental y promover redes de contención comunitaria, con especial atención a niñas, niños, adolescentes y otros grupos en situación de mayor vulnerabilidad.







